Por Frei Betto
El mundo en que vivimos está movido por relaciones internacionales en las que destacan estadistas, ministros, organismos supranacionales y sobre todo el capital. El flujo y reflujo del dinero determinan el destino de las naciones. Con frecuencia se olvida el protagonismo de los pueblos en el escenario mundial. Ellos son siempre las grandes víctimas.
En la fase monopolista del capital, entre los siglos 15 y 19, el orden mundial estaba dirigido por potencias coloniales como España, Inglaterra y Francia. Se calcula que, sólo en América Latina y el Caribe, la presencia colonial dejó un rastro de al menos 18 millones de indígenas muertos. Otras fuentes calculan 100 millones (Población originaria, 1500. Eric Toussaint: La Mundialización desde Cristóbal Colón hasta Vasco da Gama).
En busca de mano de obra necesaria para la acumulación de capital se estima que cerca de 12 millones de africanos fueron secuestrados en sus tierras y esclavizados en el sur de los EE.UU., en el Caribe y en América Latina.
Los que sobrevivieron al genocidio colonial y se reprodujeron en el territorio americano asumieron el protagonismo de las luchas coloniales que propiciaron, a partir de 1810, la independencia de América Latina y el Caribe. Sin embargo no se constituyeron en beneficiarios de las luchas emancipatorias que implantaron en nuestro continente la república y la democracia, salvo algunos ensayos de poder popular, como sucedió en el Haití gobernado por antiguos esclavos; en el Paraguay anterior a la guerra promovida por la Triple Alianza; en Cuba a partir de 1959 y, ahora, en las Constituciones que incorporan los derechos de los pueblos originarios y afrodescendientes, como sucede en Venezuela, Ecuador y Bolivia.
En su fase imperialista el capitalismo, en su lucha por mercados, promovió dos guerras mundiales. La primera creó las condiciones para el ascenso del nazismo y del fascismo y llevó a los EE.UU. a la bancarrota en 1929. La segunda forzó la migración de 60 millones de personas y causó la muerte de 72 millones, el 2% de la población mundial de la época. A todo ello súmense los traumas físicos y sicológicos causados por las guerras, las secuelas de los campos de concentración, la desarticulación familiar y los esfuerzos de adaptación a la vida civil de los soldados sobrevivientes.
Las víctimas que escaparon del holocausto, los comunistas europeos y los guerrilleros de los países ocupados fueron los protagonistas de la derrota del nazifascismo y los sujetos del orden mundial bipolar de la posguerra, con el surgimiento de la Unión Soviética.
Can la caída del muro de Berlín en 1989 regresamos a un mundo unipolar bajo la hegemonía del capitalismo que, con su carácter neoliberal, anuló importantes conquistas sociales, introdujo el Estado mínimo y la privatización del patrimonio público, promovió la flexibilización de los derechos de los trabajadores e hizo que la especulación financiera se sobrepusiera a la producción agroindustrial.
Iraq y Afganistán revelan hoy la cara más cruel de ese mundo unipolar en el que los EE.UU. se empeñan en asegurar para sí una preciosa mercancía cada vez más escasa: el petróleo. Murieron en esos países más de un millón de personas, la mayoría civiles, y por la parte del agresor 75 mil soldados usamericanos muertos o heridos.
En América Latina la principal víctima de la hegemonía unipolar es Cuba, sometida al bloqueo económico por los EE.UU., lo que ya le causó un perjuicio superior a los 50 mil millones de dólares.
El pueblo mexicano hoy sabe que fue víctima de la artimaña del Tratado de Libre Comercio firmado con los EE.UU., cuyo fracaso abortó la propuesta usamericana del ALCA. Se decía que los mexicanos alcanzarían la misma renta per capita que los estadounidenses. Hoy la renta per capita de los mexicanos equivale a apenas el 0,32 % de la renta de los canadienses y el 0,25 % de los estadounidenses. La economía mexicana se encuentra totalmente desnacionalizada y cada año cerca de 750 mil mexicanos emigran hacia los EE.UU. en busca de trabajo.
Según la Cepal la pobreza en México era del 39 % de la población antes del Tratado; hoy es del 50.9 %. Otras fuentes estiman el 70 % de la población en condición de pobreza (Ulloa Bonilla, 2007).
A pesar del amplio espectro de pobreza en el mundo, el monopolio mediático del capitalismo infunde en el imaginario popular la incuestionable superioridad del sistema de apropiación privada de los bienes y de la riqueza en su plena consonancia con la democracia y la libertad. A falta de pan, el circo provoca una especie de anestesia en la mente de quienes son las mayores víctimas del sistema.
Basta mirar alrededor para darse cuenta de los efectos del sistema: degradación ambiental, crisis energética, alza de los alimentos, escasez de agua, flujos migratorios, terrorismo, tráfico de drogas, de personas y de armas, manipulación de los medicamentos y de las patentes genéticas, y ahora la crisis económica iniciada en setiembre del 2008 y que afecta duramente al área del euro.
Las elecciones del 2010 en Brasil no pueden ignorar el protagonismo de nuestro país en esta conflictiva coyuntura mundial. Y el derecho a la soberanía y a la autodeterminación de los países de América Latina y el Caribe.
Frei Betto es escritor, autor de “El amor fecunda el Universo. Ecología y espiritualidad”, junto con Marcelo Barros, entre otros libros. www.freibetto.orgm <http://www.freibetto.orgm> - Twitter:@freibetto
Por Frei Betto
El filósofo alemán Enmanuel Kant no está muy de moda. Sobre todo por haber utilizado en sus obras un lenguaje hermético. Sin embargo en uno de sus brillantes textos -“¿Qué es el Iluminismo?”- subraya un fenómeno que, en la cultura televisual que hoy impera, se vuelve cada vez más generalizado: las personas renuncian a pensar por sí mismas. Prefieren ponerse bajo la protección de los ‘oráculos de la verdad’: la revista semanal, el telediario, el jefe, el párroco o el pastor.
Ellos son los guardianes de la verdad que, bondadosamente, velan para no permitirnos incurrir en equívocos. Gracias a sus voces de alerta sabemos que las muertes de terroristas en las cárceles made in USA de Bagdag y Guantánamo son simples accidentes del camino comparadas con la muerte de un preso común, disfrazado de político, en un hospital de Cuba, con motivo de una prolongada huelga de hambre.
Ellos nos hacen digeribles los bombardeos de los Estados Unidos en Iraq y en Afganistán, diezmando aldeas con niños y mujeres, y nos hacen ver con horror la pretensión de Irán de hacer uso pacífico de la energía nuclear, mientras que su vecino Israel posee la bomba atómica.
Son ellos quienes nos inducen a repudiar el Movimiento de los Sin Tierra en su lucha por la reforma agraria, mientras que el latifundio, en nombre del agronegocio, invade la Amazonía, despala la selva y utiliza mano de obra esclava.
Es eso lo que, en opinión de Kant, vuelve al público Hausvich, ‘ganado doméstico’, rebaño, de manera que todos acepten resignados el permanecer confinados en el corral, conscientes del peligro de caminar solos.
Kant apunta una lista de oráculos de la verdad: el mal gobernante, el militar, el profesor, el sacerdote, etc. Todos ellos gritan “¡No piensen!”, “¡Obedezcan!”, “¡Paguen!”, “¡Crean!”. El filósofo francés Dany-Robert Dufour sugiere incluir al publicista que hoy ordena al rebaño de consumidores: “¡No piensen! ¡Gasten!”
Tocqueville, autor de De la democracia en América (1840), opina en su famoso libro que el tipo de despotismo que las naciones democráticas deberían temer es exactamente su reducción a “un rebaño de animales tímidos y laboriosos”, libres de la “preocupación de pensar”.
El viejo Marx, que está de moda por haber previsto las crisis cíclicas del capitalismo, señaló que éstas procederían de la superproducción, lo que de hecho sucedió en 1929. Aunque no fue lo que hemos visto en el 2008, cuyos ecos perduran. La crisis actual no derivó de la maximización de la explotación del trabajador sino de la maximización de la explotación de los consumidores. “Consumo, luego existo”, ése es el principio de la lógica posmoderna.
Para transformar el mundo en un gran mercado las técnicas de mercadeo contaron con la valiosa contribución de Edward Bernays, doble sobrino estadounidense de Freud. Ana, hermana del creador del sicoanálisis y madre de Bernays, estaba casada con el hermano de Marta, mujer de Freud. Los libros de éste fueron publicados por el sobrino en los Estados Unidos. Ya en 1923, en Crystallizing Public Opinion, Barnays argumenta que los gobiernos y los anunciantes son capaces de “organizar la mente (del público) como los militares hacen con el cuerpo”.
Como ganado, el consumidor busca su seguridad en la identificación con el rebaño, capaz de homogeneizar su comportamiento, creando patrones universales de hábitos de consumo a través de una propaganda libidinal que graba en él la sensación de ver correspondido el deseo por la mercancía adquirida. Y cuanto más temprano se inicia ese adiestramiento para el consumismo, tanto mayor es la maximización de la ganancia. El ideal es cada niño con un televisor en su propia habitación.
Para alcanzar ese objetivo es necesario incrementar una cultura del egoísmo como regla de vida. No es por casualidad que casi todos los anuncios se basen en la exacerbación de alguno de los siete pecados capitales. Todos ellos, sin excepción, son tenidos como virtudes en esta sociedad neoliberal corroída por el afán consumista.
La envidia es estimulada en el anuncio de la familia que tiene un auto mejor que sus vecinos. La avaricia es el lema de las libretas de ahorro. La codicia inspira los anuncios, desde el último modelo de teléfono celular hasta los tenis de marca. El orgullo es señal del éxito de los ejecutivos asegurados por planes de salud eterna. La pereza se ve reflejada en las confortables sandalias que permiten relajarnos al sol.
La lujuria es marca registrada de los jóvenes esbeltos y de las muchachas esculturales que disfrutan de una vida saludable y feliz consumiendo bebidas, cigarros, ropa y cosméticos. La gula, en fin, envenena la alimentación infantil en forma de chocolates, refrescos y galletas, induciendo a creer que los sabores son preludio de amores.
En la sociedad neoliberal la libertad se restringe a la variedad de elecciones consumistas; la democracia a votar a los que disponen de recursos millonarios para sufragar la campaña electoral; la virtud a pensar primero en sí mismo y a mirar al otro como competidor. Ésta es la verdad proclamada por los oráculos del sistema.
Frei Betto es escritor, autor de “Un hombre llamado Jesús”, entre otros libros. http://www.freibetto.org
Por Frei Betto
Según las estadísticas, el perfil preponderante del joven brasileño de hoy es, al contrario de mi generación, conservador, individualista, distante de aquellos que, a mediados del siglo 20, querían cambiar el mundo.
Ahora el joven se muestra más preocupado por tener un buen empleo que por motivaciones ideológicas; menos propenso a riesgos y más apegado a la familia. La relación con la sociedad es más virtual que real: encerrado en su cuarto, no necesita rezar “vengan todos a mi reino”, pues todo le llega a través del teléfono, de la televisión, de Internet, del MP3.
La cultura consumista nos ofrece a todos, en cáliz dorado, el elixir de la eterna juventud. Los jóvenes no quieren dejar de ser jóvenes; los adultos y ancianos se empeñan en imitar a los jóvenes. Y el principal factor de afirmación es la autoimagen, la valoración de la estética.
El joven actual no quiere arriesgarse; lo que anhela es experimentar. Ante la falta de motivación religiosa, experiencia espiritual e ideología altruista, tiende a buscar en la bebida y en la droga la alteración de su estado de consciencia. Sin eso no se siente suficientemente relajado, locuaz, divertido y osado.
Es obvio que los medios de comunicación dictan patrones de comportamiento, hábitos de consumo y paradigmas ideológicos. La diferencia es que todo eso le llega al joven de tal forma envuelto en papel brillante y atado con cinta de colores que no percibe lo vulnerable que es a la dictadura del consumismo.
En el Brasil la ingesta de licores está legalmente prohibida a los menores de 18 años (en los Estados Unidos 21 años). Pero la fiscalización funciona mal y el Estado permite la publicidad de cerveza a cualquier hora en radio y televisión -concesiones públicas- y el estímulo al consumo precoz. Incluso la utilización publicitaria de personas famosas de las áreas de entretenimiento, artes y deportes, para suscitar en los niños y jóvenes reacciones miméticas de consumo de alcohol.
Datos del Centro Brasileño de Informaciones sobre Drogas Psicotrópicas (Cebrid) informan que el 42% de los niños brasileños con edades entre 10 y 12 años ya consumieron alguna bebida alcohólica, y que el 10% de los jóvenes de entre 12 y 17 años pueden ser clasificados como dependientes del alcohol.
Los adolescentes creen que una copa de ron no implica riesgo para la salud. Quizás. El problema es que, al reunirse en un bar, él bebe ocho o diez. O pide el más barato, en el doble sentido de la palabra -costo y efecto: una garrafa de aguardiente o de vodka cuesta menos que una ronda de ron y provoca rápidamente “un viaje”…
¿El Ministerio de Salud ya calculó cuánto le cuesta el alcoholismo a las arcas públicas? ¿Cuánto gasta el INSS con los alcohólicos impedidos de trabajar por culpa de la dependencia? ¿De qué sirven las campañas de prevención si atletas de renombre hacen propaganda de bebidas alcohólicas?
La publicidad de bebidas destiladas -aguardiente, güisqui, vodka- obedece a la restricción de horarios, regulados por la ley 9.294/1996. Entre las 6 y las 21 horas está prohibida la publicidad de dichas bebidas, a pesar de que muchas radios burlen la prohibición. La cerveza, que aporta el 70% de todo el alcohol ingerido en el Brasil, no entra en la reglamentación. Y es por ella por la que muchos jóvenes ingresan en la dependencia química.
Para la ley 9.294 bebida alcohólica es la que tiene más de 13 grados en la escala de Gay-Lussac. El Congreso Nacional lo determinó así presionado por los productores de cerveza y de vino. Sin embargo normas internacionales consideran que es alcohólica toda bebida con 0.5º GL o superior.
Todas las demás leyes del Brasil -de tránsito, de fabricación, etc.- consideran alcohólica toda bebida con más del 0.5 GL. La cerveza tiene cerca de 4.8º GL. Verifique con una lupa el rótulo de una cerveza que diga “sin alcohol”. Con excepción de una marca, las demás tienen 0.5 GL, o sea hacen, con respaldo en la ley, una propaganda engañosa. De ese modo, los padres descuidados dejan que los niños tomen cerveza “sin alcohol”, y alcohólicos en tratamiento son víctimas del mismo engaño.
El Código de Autorregulación del Conar (Consejo de Autorregulación Publicitaria) advierte que los comerciales de cervezas no deben ser atractivos para el público joven. Pero lo que se mira es lo contrario. Los espacios publicitarios emanan jovialidad, buen humor, espíritu de tribu, lenguaje propio de jóvenes, sin que haya ningún control.
Ya vienen la Copa del Mundo de Fútbol y las Olimpiadas. Si quedara libre el derecho de asociar deportistas con bebidas alcohólicas, la Ley Seca, con toda seguridad, va a quedar en nada…
En muchos países, como en Canadá, hay reglamentación sobre la bebida alcohólica, a fin de proteger al público infantil. Y por eso no venden bebidas alcohólicas en supermercados, tiendas, panaderías y pulperías. Sólo se permite en bares y restaurantes.
El Free Jazz, un festival de música, fue cancelado por estar patrocinado por una marca de cigarrillos. Pero el más elegante camarote del sambódromo exige que se vista la camisa de una productora de cerveza. No existe el aviso de “Si fuma no maneje”. Pero en el caso de la bebida…
El argumento de que regular la publicidad es censura o cortapisa a la libertad de expresión es mero terrorismo consumista centrado en anteponer intereses privados al interés público, como es el caso de la protección de la salud de la población, en especial de nuestros niños y adolescentes.
Frei Betto es escritor, autor de “El amor fecunda el Universo. Ecología y espiritualidad”, junto con Marcelo Barros, entre otros libros.
Por Frei Betto
La espiritualidad es, como la sexualidad, una dimensión constitutiva del ser humano. Esa potencialidad neurobiológica puede ser cultivada o no. Una persona desprovista de espiritualidad prescinde de la profundidad de su subjetividad. En ella los deseos prevalecen sobre los ideales.
Si Sócrates y Descartes nos despertaron a la inteligencia racional, y Colleman a la emocional, ha sido la física y filósofa Danah Zohar quien llamó la atención sobre la inteligencia espiritual. Mariá Corbí sugiere que la espiritualidad se resume en las siglas IDS: Interés (por ella), Desapego (de sí y de los bienes finitos), Silencio (concentrarse para descentrarse en el otro y en los otros).
A primera vista espiritualidad se opone a materialidad. Y el espíritu al cuerpo. Ese dualismo platónico está superado, tanto por la ciencia como por la teología. Todos y todo somos una Unidad. Los mismos 92 átomos encontrados en nuestro cuerpo son los “ladrillos” que edifican el conjunto del Universo.
La espiritualidad prescinde de las religiones, puede ser vivida sin ellas, y hay religiones desprovistas de espiritualidad, asfixiadas por el peso de un doctrinarismo autoritario. Sócrates (470-399 a.C.) y Séneca (4 a.C.-65 d.C.) eran hombres profundamente espiritualizados, ‘santos paganos’, pero desprovistos de religión.
Las religiones surgieron en el período neolítico, cuando el ser humano, hasta entonces nómada y recolector, se ancló en la actividad agrícola, volviéndose sedentario. Su punto axial fue el siglo 7º a.C. En él nacieron y/o vivieron Buda (600), Lao-Tsé (604), Zaratustra (660) y los profetas Jeremías y Daniel.
La religión como institución surge en aquella época. Antes predominaba la cosmovisión tribal, comunitaria, orientada a aplacar la ira de los dioses y a obtener su protección en casos de catástrofes naturales, sin individuación del sujeto frente a la divinidad. Sólo a partir del siglo 7º a.C. el ser humano pasa a tener conciencia de su relación personal con Dios.
La religión surge como forma de control de la sociedad agropastoril, y sus grandes relatos encauzan el caos ético, al mismo tiempo que interioriza el poder de la autoridad.
Hoy lo que está en crisis no es la espiritualidad. Son las formas tradicionales de religión. En este mundo secularizado, desencantado, los valores son sustituidos por las ciencias, el ser por el tener, el ideal por el deseo, el altruismo por el consumismo. De ese modo la religión se decanta hacia la vida privada y los lugares de culto. Y deja de influir en la vida social.
Al interior de las mismas iglesias cristianas se da esa dicotomía: los fieles se distancian de la doctrina y de la moral oficiales, como es el caso del uso de preservativos por los católicos. Como en las relaciones de trabajo, se da una flexibilización institucional de la creencia, que se constituye en una amalgama de propuestas, formando un mosaico esotérico.
La crisis de la Cristiandad, en el Renacimiento, no significó la crisis del Cristianismo. De igual manera, la crisis de las religiones no puede ser confundida con la de la espiritualidad. Ahora nos encontramos con una espiritualidad pos-axial, laica, pos-religiosa, centrada en la autonomía del individuo.
Lo que caracteriza esa espiritualidad posmoderna es, por una parte, la búsqueda, no del otro, sino de sí mismo, de la tranquilidad espiritual, de la paz del corazón. En ese sentido se trata de una espiritualidad egocéntrica, centrada sobre el propio ego. Y por otra parte, una espiritualidad política, volcada sobre la promoción de la justicia y de la paz, comprometida con la ética y la protección del medio ambiente.
Retomando el esquema de Corbí: hoy, una espiritualidad evangélica debe tener claridad de sus objetivos. ¿Mi propio bienestar subjetivo o también una sociedad fundada en la justicia? Debe propiciar el desapego de los bienes finitos, como mercancías, poder, dinero, fama, de modo que favorezca el cultivo de los bienes infinitos: amistad, solidaridad, compasión. Y sobre todo debe cimentarse en el silencio, en la apertura dialógica, orante, a Dios; en la actitud servidora a los otros; en la reverencia devocional a la naturaleza.
Frei Betto es escritor, autor de “Sinfonía universal. La cosmovisión de Teilhard de Chardin”, entre otros libros.
Por FREI BETTO
Conocí a Tadeo Moraçaba en Belo Horizonte, en los tiempos en que reporteros y editores confraternizaban cada tarde en la Gruta Metrópole, en la calle de la Bahía. Su sueño era ser reconocido como escritor.
Hace años que se empeñaba en escribir su primera novela, convencido de que así pasaría a integrar esa brillante galaxia de seres inteligentes y creativos que, sin miedo al ridículo, se dan incluso el derecho a celebrarse como inmortales.
Tadeo Moraçaba tenía la certeza de que si hubiera nacido en París en 1780, o en San Petersburgo en 1840 no se quedaría inclinado sobre la máquina de escribir en espera de la inspiración.
Hay escritores que son, antes que todo, sus principales personajes. Ya nacen en épocas y lugares imantados de clima literario. Tadeo creía que para James Joyce tuvo que haber sido fácil dejar fluir el enredo de Ulises que, como una ola de calor que se desprende del suelo, emergía de las calles de Dublín.
Dostoyevski encontró en la Rusia zarista, que le hizo pasar cuatro años de cárcel, el escenario adecuado para sus historias. Emilio Zola escribía como un experto orador político derrama su palabra indignada sobre hechos que avergüenzan a la especie humana.
Sin embargo Guimarães Rosa necesitó regresar al erial de Minas Gerais y travestirse de vaquero para crear a Diadorim. En Minas la literatura es sufrida, fruto de la tenacidad de unos pocos que se atreven a romper el misterioso silencio de sus montañas. En Minas el arte es bello y mudo, como los profetas de Aleijadinho. Como máximo el lamento natural, monocorde, telúricamente gregoriano, del canto de Milton Nascimento.
Minas se refleja en la timidez uniformizada de los templetes de la plaza. Nada de orquestas o sinfónicas. En la literatura, media docena de obras por autor ya es un lujo. Nada de extraño, por tanto, que Augusto dos Anjos se haya refugiado en Minas para escribir un único poema, Yo, suficiente para hacerlo figurar entre los más talentosos poetas brasileños. Fernando Sabino quedó como autor de Encuentro marcado.
Tadeo Moraçaba experimentaba los mismos dolores de parto, agravados por su sólida convicción de que sería el Balzac o el Hemingway de la literatura minera.
La última vez que nos vimos fue en el restaurante Scotellaro, donde se comía un delicioso filete con frijol cuartelero. Le pregunté por la novela. Lamentó no haber logrado continuarla. Perfeccionista como era, más rompía folios que los escribía. Le pregunté cuánto tiempo hacía que trabajaba en el texto:
-Seis años.
-¡¿Seis años!?
-Sí, y es poco. Quiero personajes tan elaborados como los que transitan por las páginas de Thomas Mann o Steinbeck. Sueño con una figura tan universal como Don Quijote o Eugene Oneguin. La iglesia del Pilar, en Ouro Preto, se tardó veinte años en construir. Marguerite Yourcenar demoró veintisiete para escribir las Memorias de Adriano, y Goethe casi sesenta para terminar Fausto. No tengo prisa.
De hecho nadie creía en el talento literario de Tadeo. Estaba considerado como un periodista mediocre, editor adjunto de política. Su texto era prolijo y ordinario. Cuando era reportero redactaba en cinco folios lo que cabría en tres.
Convencido de su talento, Tadeo tomaba como ofensa el que los editores no dieran realce a sus escritos. Finalmente pasó a considerar el periodismo como una actividad menor, necesaria para garantizarle un salario y permitir que, en casa, se dedicara a la elaboración de su ‘primera obra’.
Lo tenía planeado todo: cincuenta capítulos, ochocientas páginas. “Libro fino no causa impacto”, decía. Mantenía en su cuarto-escritorio-biblioteca, próximo a la estación de autobuses, el organigrama completo de la novela, acompañado del gráfico de la compleja trama entre los personajes.
Le pregunté si leía mucho. Respondió que era más escritor que lector. Y puso de ejemplo a Rimbaud, que a los diecinueve años y, según él, poca lectura, había creado el clásico Una estación en el infierno, dándose el lujo de terminar su carrera literaria a los treintaidós.
Tadeo Moraçaba sufría de ansiedad autoral, ese síndrome que agarra a quien desea más ser publicado que crear una obra literaria consistente. Nunca tuve acceso a los originales de la novela. No tengo ni idea de si logró terminarla.
Pasamos muchos años sin vernos. Ahora supe que lo encontraron muerto en la pensión en que vivía. Al lado de la cama una papelera con papeles quemados. Y cerca una nota: “Obra completa de Tadeo Moraçaba”.
Frei Betto es escritor, autor de “El arte de sembrar estrellas”, entre otros libros.
Por Frei Betto
La crisis financiera desencadenada a partir de setiembre del 2008 exige de todos una profunda reflexión y un cambio de actitudes. Ella encierra una crisis más profunda: la del modelo de civilización. ¿Qué queremos: un mundo de consumistas o un mundo de ciudadanos?
Ante las oscilaciones del mercado actuaron los gobiernos. La mano invisible fue amputada por los hechos. La disparatada desreglamentación de la economía requirió la acción reguladora de los gobiernos. El mercado, entregado a sí mismo, entró en picada y perdió de vista los valores éticos para fijarse sólo en los valores monetarios. Fue víctima de su propia desmedida ambición.
La crisis nos impone hoy cambios de paradigmas. ¿Qué significa la solidez de los bancos ante la escuálida figura de mil millones de hambrientos crónicos? ¿Por qué, en los primeros meses, los gobiernos del G-8 destinaron casi US$ 150 mil millones (hasta ahora ya van 180 mil millones) para evitar el colapso del sistema financiero capitalista y apenas (por cierto que, aunque lo prometieron en L’ Aquila, no lo han cumplido aún) US$ 20 mil millones para aplacar el hambre en el mundo?
¿Qué se intenta salvar: el sistema financiero o la humanidad?
Una economía centrada en valores éticos tiene por objetivo, en primer lugar, la reducción de las desigualdades sociales y el bienestar de todas las personas. Sabemos que hoy más de tres mil millones -casi la mitad de la humanidad- viven por debajo de la línea de la pobreza. Y que 1.3 millones están por debajo de la línea de la miseria. La falta de alimentación suficiente siega cada día la vida de 23 mil personas. Mientras que el 80 % de la riqueza mundial se encuentra concentrada en manos de apenas el 20 % de la población del planeta.
Si no se cambia ese panorama la humanidad caminará hacia la barbarie. Los gobiernos debieran estar más preocupados por el crecimiento del IDH (Índice de Desarrollo Humano) que por el aumento del PIB (Producto Interno Bruto). Lo que importa hoy es la FIB (Felicidad Interna Bruta). Las personas, en su mayoría, no quieren ser ricas, quieren ser felices.
La crisis nos lleva a preguntar: ¿qué proyecto de sociedad legaremos a las generaciones futuras? ¿Para qué sirven tantos avances científicos y tecnológicos si la población no cuenta con servicios de salud accesibles y eficaces, educación gratuita y de calidad, transporte público ágil, saneamiento básico, vivienda digna, derecho al recreo?
No es ético, ni por tanto humano, un sistema que privilegia el lucro privado por encima de los derechos comunitarios, la especulación frente a la producción, el acceso al crédito sin el respaldo del ahorro. No es ético un sistema que crea islas de opulencia rodeadas de miseria por todas partes.
Una ética para un mundo pos-crisis tiene como fundamento el bien común por encima de las ambiciones individuales, el derecho del Estado a regular la economía y a asegurar a toda la población los servicios básicos, el cultivo de los bienes infinitos, espirituales, como más importante que el consumo de bienes finitos, materiales.
La ética de un nuevo proyecto civilizatorio incorpora la preservación ambiental al concepto de desarrollo sustentable, valora las redes de economía solidaria y de comercio justo, fortalece la sociedad civil organizada como orientadora de la acción del poder público.
El viejo Aristóteles ya enseñaba que el bien mayor que todos buscamos -hasta llegar a practicar el mal- no se encuentra a la venta en el mercado: la felicidad propia. Ahora bien, no teniendo el mercado cómo transformar este bien en un producto comerciable, intenta meternos la convicción de que la felicidad es el resultado de la suma de placeres. Ilusión que provoca frustración y ensancha el contingente de los fracasados espirituales rehenes de medicamentos antidepresivos y de drogas ofrecidas por el narcotráfico.
Lo peor de una crisis es el no aprender nada de ella. Y, en el esfuerzo por amainar sus efectos, no preocuparse por suprimir sus causas. Quizás las religiones no tengan respuestas que nos ayuden a encontrar nuevos valores para el mundo pos-crisis. Pero con seguridad la certeza espiritual de la humanidad tiene mucho que decir, puesto que es en la espiritualidad donde la persona se muestra y se mide. O, en su falta, se ciega y se atora. El ser humano tiene sed de Absoluto.
Suelo advertir a los vendedores que me rodean a la puerta de los mercados: “Apenas si estoy dando un paseo socrático”. Ante miradas atónitas explico: “A Sócrates, filósofo griego, también le gustaba descansar la mente recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando le asediaban vendedores como ustedes, él respondía: “Sólo estoy mirando cuántas cosas existen de las que no necesito para ser feliz”.
P.S. Texto escrito a petición del Foro Económico Mundial, de Davos, 2010.
Frei Betto es escritor, autor de “El arte de sembrar estrellas”, entre otros libros.
