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05/03/2010
Categoria: Miembros RIET


Por Frei Betto

La crisis financiera desencadenada a partir de setiembre del 2008 exige de todos una profunda reflexión y un cambio de actitudes. Ella encierra una crisis más profunda: la del modelo de civilización. ¿Qué queremos: un mundo de consumistas o un mundo de ciudadanos?
 
Ante las oscilaciones del mercado actuaron los gobiernos. La mano invisible fue amputada por los hechos. La disparatada desreglamentación de la economía requirió la acción reguladora de los gobiernos. El mercado, entregado a sí mismo, entró en picada y perdió de vista los valores éticos para fijarse sólo en los valores monetarios. Fue víctima de su propia desmedida ambición.
 
La crisis nos impone hoy cambios de paradigmas. ¿Qué significa la solidez de los bancos ante la escuálida figura de mil millones de hambrientos crónicos? ¿Por qué, en los primeros meses, los gobiernos del G-8 destinaron casi US$ 150 mil millones (hasta ahora ya van 180 mil millones) para evitar el colapso del sistema financiero capitalista y apenas (por cierto que, aunque lo prometieron en L’ Aquila, no lo han cumplido aún) US$ 20 mil millones para aplacar el hambre en el mundo?
 
¿Qué se intenta salvar: el sistema financiero o la humanidad?
 
Una economía centrada en valores éticos tiene por objetivo, en primer lugar, la reducción de las desigualdades sociales y el bienestar de todas las personas. Sabemos que hoy más de tres mil millones -casi la mitad de la humanidad- viven por debajo de la línea de la pobreza. Y que 1.3 millones están por debajo de la línea de la miseria. La falta de alimentación suficiente siega cada día la vida de 23  mil personas. Mientras que el 80 % de la riqueza mundial se encuentra concentrada en manos de apenas el 20 % de la población del planeta.
 
Si no se cambia ese panorama la humanidad caminará hacia la barbarie. Los gobiernos debieran estar más preocupados por el crecimiento del IDH (Índice de Desarrollo Humano) que por el aumento del PIB (Producto Interno Bruto). Lo que importa hoy es la FIB (Felicidad Interna Bruta). Las personas, en su mayoría, no quieren ser ricas, quieren ser felices.
 
La crisis nos lleva a preguntar: ¿qué proyecto de sociedad legaremos a las generaciones futuras? ¿Para qué sirven tantos avances científicos y tecnológicos si la población no cuenta con servicios de salud accesibles y eficaces, educación gratuita y de calidad, transporte público ágil, saneamiento básico, vivienda digna, derecho al recreo?
 
No es ético, ni por tanto humano, un sistema que privilegia el lucro privado por encima de los derechos comunitarios, la especulación frente a la producción, el acceso al crédito sin el respaldo del ahorro. No es ético un sistema que crea islas de opulencia rodeadas de miseria por todas partes.
 
Una ética para un mundo pos-crisis tiene como fundamento el bien común por encima de las ambiciones individuales, el derecho del Estado a regular la economía y a asegurar a toda la población los servicios básicos, el cultivo de los bienes infinitos, espirituales, como más importante que el consumo de bienes finitos, materiales.
 
La ética de un nuevo proyecto civilizatorio incorpora la preservación ambiental al concepto de desarrollo sustentable, valora las redes de economía solidaria y de comercio justo, fortalece la sociedad civil organizada como orientadora de la acción del poder público.
 
El viejo Aristóteles ya enseñaba que el bien mayor que todos buscamos -hasta llegar a practicar el mal- no se encuentra a la venta en el mercado: la felicidad propia. Ahora bien, no teniendo el mercado cómo transformar este bien en un producto comerciable, intenta meternos la convicción de que la felicidad es el resultado de la suma de placeres. Ilusión que provoca frustración y ensancha el contingente de los fracasados espirituales rehenes de medicamentos antidepresivos y de drogas ofrecidas por el narcotráfico.
 
Lo peor de una crisis es el no aprender nada de ella. Y, en el esfuerzo por amainar sus efectos, no preocuparse por suprimir sus causas. Quizás las religiones no tengan respuestas que nos ayuden a encontrar nuevos valores para el mundo pos-crisis. Pero con seguridad la certeza espiritual de la humanidad tiene mucho que decir, puesto que es en la espiritualidad donde la persona se muestra y se mide. O, en su falta, se ciega y se atora. El ser humano tiene sed de Absoluto.
 
Suelo advertir a los vendedores que me rodean a la puerta de los mercados: “Apenas si estoy dando un paseo socrático”. Ante miradas atónitas explico: “A Sócrates, filósofo griego, también le gustaba descansar la mente recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando le asediaban vendedores como ustedes, él respondía: “Sólo estoy mirando cuántas cosas existen de las que no necesito para ser feliz”.
 
P.S. Texto escrito a petición del Foro Económico Mundial, de Davos, 2010.
 
Frei Betto es escritor, autor de “El arte de sembrar estrellas”, entre otros libros.

05/03/2010
Categoria: Miembros RIET


Por Gustavo Duch

Fuera de los focos de la televisión, que ya se marcharon las estrellas mediáticas, están teniendo lugar serias réplicas del terremoto que afectó, hace dos meses, al territorio haitiano. El epicentro detona en el corazón de la economía del país: la producción de arroz, alimento básico para la población. Y las ondas de expansión son los camiones del Programa Mundial de Alimentos que viajan escoltados por las fuerzas armadas de las Naciones Unidas. Andan cargados con arroz comprados por la  ‘Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo’ a los grandes agricultores de su país. Ésta fórmula encubierta de subvencionar su agricultura intensiva y sus excedentes, después se contabilizará como ayuda al desarrollo. ¿Seguro?

Haití fue auosuficente en su alimentación hasta los años 70 que, forzado por los vientos del libre mercado, tuvo que abrir sus fronteras y eliminar los aranceles que protegían su producción nacional. La importación de arroz de Taiwan y los EEUU, a precios por debajo del que ofrece la producción local, arruinó a muchos, miles, de mujeres y hombres del campo. En 1985 Haití producía 123.000 TM de arroz y dos décadas después se había reducido su capacidad productiva a sólo 66.000 TM. Antes del terremoto, Haití ya necesitaba importar alrededor del 80% del arroz que se consumía.

Y la tendencia parece va a seguir si no se detienen ese tipo caravanas. La organización RAKPABA, que aglutina a otras siete organizaciones campesinas productoras de arroz, explicó  al personal de Veterinarios Sin Fronteras en la zona, que tienen los almacenes llenos de arroz. Que con esa ‘ayuda’ (sólo es arroz) les cuesta horrores venderlo. Además, rotas las comunicaciones del campo con la ciudad, los precios del resto de alimentos han subido un 30%. Cierto es que el Ministerio de Agricultura haitiano está haciendo propuestas a los donantes para que se apoyen los cultivos locales de modo que el país pueda tener en los próximos meses mayor producción local. Pero mientras, y aunque nunca los vimos en nuestras pantallas, la reconstrucción de Haití la consiguen sus propios habitantes, entre ellos, por ejemplo una red de productores y productoras de café que han tomado la iniciativa de ofrecer apoyo a las personas que han llegado desplazadas a su región. Su secreto, comprar producción local.

Me dicen que lo hacen sin escolta. Y sin intereses escondidos

 

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