Por GUSTAVO DUCH
Quienes defendemos la soberanía alimentaria como un conjunto de políticas para la lucha contra el hambre, entre otras muchas cosas, partimos de un dato muchas veces olvidado u obviado: el 70% de las personas (mayoritariamente mujeres) que sufren la pobreza son agricultores y agricultoras de pequeña escala que no pueden vivir de sus producciones, y trabajadores y trabajadoras rurales para terceros, que reciben salarios insuficientes para una vida digna. Por lo tanto entre las reclamaciones de este paradigma sobresalen aquéllas que quieren corregir las injusticias estructurales que provocan esta situación. Así, generalmente se enfatiza la urgencia de una reforma agraria que distribuya equitativamente la tierra entre quienes la trabajan, el acceso público a otros recursos productivos como el agua o las semillas, o directrices que protejan y apoyen la producción local, familiar y agroecológica asegurando también precios justos y no sometidos a la especulación del mercado internacional.
En este tercer aspecto me parece fundamental, como señala en su último informe el relator de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, tener presentes aquellas políticas que minimicen el actual control que tienen las grandes empresas mayoristas sobre los proveedores de las materias primeras. Porque son éstas -que son muy pocas- las que tienen la batuta de marcar los precios de los productos básicos. Y los sitúan tan a la baja que empobrecen a quienes, como decía, los producen o indirectamente a quienes en régimen de aparcería, arrendamiento u otras fórmulas reciben salarios de miseria que se justifican en esos precios.
Entre las medidas que propone el relator quiero destacar aquéllas que deberían ser adoptadas por los Estados y administraciones. Primero, y complementariamente al apoyo que merece la pequeña agricultura, las administraciones deberían fomentar también la diversificación de canales de distribución, generando así más opciones y una mejor posición de negociación para los productores. Segundo, los Estados, más allá de reconocer a las organizaciones entre productores, como las cooperativas, deberían apoyarlas. Es sabido que este tipo de asociación mejora la capacidad de sus miembros para obtener precios más bajos cuando compran los insumos necesarios para sus cultivos y precios más altos cuando los venden; pueden compartir los riesgos entre sus miembros; y prestar servicios y organizar sesiones de formación para sus integrantes. Los Estados podrían también hacer sus compras para el sector público (alimentos para hospitales, escuelas...) directamente a la pequeña producción, pagando, lógicamente, al precio remunerativo que corresponde. Y por último, desarrollar a fondo la legislación que regula la competencia, no sólo para proteger a los consumidores finales frente a precios abusivos, sino también para frenar el excesivo poder y dominio de unos pocos compradores sobre los proveedores agrícolas.
En definitiva, las recomendaciones del relator son algunas propuestas oportunas, que abordan una deficiencia necesaria para alcanzar la soberanía alimentaria: reclamar a las administraciones públicas que reanuden su papel básico de intervención en la regulación de la cadena agroalimentaria, garantizando posibilidades para millones de personas que quieren vivir de los oficios del campo, del trato respetuoso con la naturaleza para la obtención de alimentos. Y ahí se insertan las declaraciones que el pasado 24 de febrero hizo el representante del matadero Erralde en la comparecencia en la comisión de agricultura del Parlamento vasco. Su experiencia -a contracorriente y sin apoyos- apostando por la producción local y los circuitos cortos de transformación, es un éxito que debería hacer reflexionar a quien corresponde.
Por GUSTAVO DUCH
Todas las noches en los callejones y patios traseros de los supermercados, los contenedores de basuras se atiborran de comida que no pudieron vender, aunque se puede comer. De bastante comida. Dos ejemplos: con el volumen que desechó Carrefour en el 2005 podrían haber comido unos 110.000 españoles durante 365 días. Y según los datos del Worldwatch Institut de Washington, en EE.UU. se tira a la basura entre el treinta y el cuarenta por ciento de los comestibles de los supermercados. Mucha gente sabe eso, y saben también en qué lugares y a qué horas se producirá el descargue. Se hacen llamar los “containers”. Algunos lo hacen por la más pura necesidad, para su propia alimentación, otros por conciencia política y recogen acelgas, galletas o yogures a punto de caducar para centros sociales.
Pero la economía del consumismo no puede parar. Para asegurar reponer las estanterías de los supermercados el Gobierno permite y apoya el uso de la fuerza “disuasoria” de las armas en la flota atunera. Habrán visto las fotos de cómo generales en la reserva o ex policías antidisturbios trasmiten sus mejores artes de puntería, de garrotazos y de “arriba las manos que disparo” a jóvenes con nóminas de aúpa. Se trata de garantizar nuestra seguridad alimentaria –dicen- con compañías privadas. Seguratas de la seguridad alimentaria.
Un poco violento, la verdad. En la Cumbre Mundial de la Alimentación celebrada en Roma, hemos visto que ahora lo que se lleva entre los países punteros es la compra de tierras. “Bienvenidos a los Emiratos Árabes” reza un letrero en el interior de Mauritania y medio Madagascar ya lo tiene apalabrado Corea del Sur. Mucho más elegante y barato nos saldría que España comprara Somalia al completo. En las fronteras diría, “Bienvenidos a Españolandia. Degusten nuestro marmitako”
Todo es circular. La colonización se perpetró con el uso de las armas y las doctrinas. Lo explicaba el Arzobispo Desmond Tutu, "cuando vinieron los misioneros a África tenían la Biblia y nosotros la tierra. Nos dijeron: vamos a rezar. Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra.". Décadas después el credo que reverenciar ha sido la “Mano Invisible” del mercado. Cuando abrieron los ojos se encontraron rodeados por la Armada.
Por FERMIN MOLINA VARGAS (Colombia)
Y se nos va el mes de septiembre, mes de las tempestades, mes de los caminos intransitables, mes de la postrera siembra, mes de renovadas ilusiones; y, también, se ha ido la luna nueva y con ella el quinto de luna y el cuarto creciente; mientras el campesino, sentado en el viejo taburete bajo la sombra de su árbol solitario y refrescándose con su sombrero vueltiao, extravía la mirada con el puño en la barbilla, buscando en el pizarrón celeste la nube promitente de lluvias.
La tierra es un concreto que suelta el polvo del abandono y el desencanto; ya no hay lluvias, ya no hay siembras, ya no hay trabajo… Sólo han caído unos tres aguaceros en el año y el campo sufre las inclemencias del mal tiempo (mal tiempo porque no llueve, no como dicen los periodistas de los grandes medios informativos, que el mal tiempo es cuando hay que sacar paraguas para la lluvia); y los rebaños deambulando macilentos, flacos; sin pastos ni represas donde aplacar la sed… amigo campesino, se acercan tiempos difíciles para campo, para ti que vives del pan coger, prepárate porque vienen tiempos difíciles… La tierra está cansada, mal tratada
¿Será por la tala indiscriminada? ¿Será por el calentamiento global? ¿Será por la destrucción de la capa de ozono? ¿Será por el fenómeno del niño? ¿O de la niña? ¿Será porque ya se inicia el tiempo de las predicciones mayas? ¿O de las predicciones bíblicas? ¿Será por todos los anteriores?
Hoy, recordando la canción vallenata cantada por “Poncho” Zuleta, titulada “La Profecía” , cuyo autor es Julio Oñate Martínez; que, parodiándola, puedo gritar: “Alerta, alerta caribeño que ya llegó la profecía, lo comentaba Carlos Higgins, que el gran desierto se avecina”; y pienso que nos olvidaremos de las grandes cosechas de tomate, de sorgo, del algodón y dejaremos de sembrar la patilla y el maíz y la yuca y el guandú que llegarán de la gran ciudad mientras miramos el panorama del gran desierto del Caribe.
Como buenos creyentes debemos esperar y pedir a Dios que nos abra nuevos caminos para buscar otras alternativas para el sustento diario.; entre tanto, mirando cómo empeoran los tiempos, se me antoja gritar bajo el insoportable calor del hostil bochorno:
¡Ah mundo, si te viera mi abuelo por un hoyito!
Escribió FERMÍN MOLINA VARGAS
